¿Quién eligió a nuestros presidentes?

Columna: Política de emergencia

Por: Armando Bayona | Biólogo

Muy estimada S.; a una reflexión que hice en el Facebook sobre el Tren Maya y los acahuales, comentaste que a un amigo tuyo, biólogo, que trabaja en Calakmul no le tomaban en cuenta sus propuestas sobre la fauna, y luego dijiste que “…no estoy en contra ni del aeropuerto, ni del tren ni nada parecido…”Y dices que  crees que este gobierno, como los anteriores, no es totalmente pulcro, honorable…  Hay “cosas” que ojalá -dices- sean menores. Sólo el tiempo dirá cuál fue el resultado.

Eso me extrañó mucho, porque me dio la impresión de que sientes que los sucesivos gobiernos, los anteriores y el actual, son similares, sólo entes no totalmente “pulcros”, que van siguiendo un camino, la administración cotidiana del país con “cosas”, detalles de incapacidad o quizá corrupción, que ojalá sean menores.

Y me extrañó porque a mí me parece clarísimo que no es así: los gobiernos no  conducen neutralmente la embarcación nacional en el río de la historia; en realidad se dedican a cumplir con quienes los pusieron en ese lugar; y lo hacen lo mejor que pueden.

Por eso es muy pertinente la pregunta ¿Quién eligió a cada uno de los presidentes de este siglo? El tiempo ya ha dado resultados y tenemos evidencia clara de lo que pasó en cada caso:

Sabemos que Fox ganó porque no había de otra: la gente estaba harta del PRI y la comunidad internacional ya no se iba a creer que la mayoría votaba siempre por la dictadura perfecta, pero en realidad el triunfo del guanajuatense se dio por la anuencia del PRI, en pacto con el PAN, los empresarios y los medios para promoverlo, infundirle buen aroma y dejarlo pasar”, así que a ellos fue a quienes les retribuyó.  ¿Cómo habría podido irse de lleno contra las tepocatas y víboras prietas que lo habían apoyado?

Calderón fue cobijado por Fox, quien públicamente declaró haber cargado los dados en la elección de 2006 contra AMLO. Mandó traer especialistas de Estados Unidos y España para que crearan el mito del populismo y el “peligro para México”. Maquinó el desafuero , y la operación a la hora de la elección, sin la cual jamás habría ganado, la hizo Elba Esther Gordillo, poniendo a los maestros en primer lugar de la fila para remplazar funcionarios de casilla en todo el país, y  convenciendo a los gobernadores priístas de que operaran a favor de Calderón… Y aún así, “ganó” por un margen de apenitas un poco más de la mitad del 1% de los sufragios, con el silencio cómplice de toda la cúpula, especialmente el IFE que, fiel a su costumbre, no vio nada irregular. A ellos les pagó.

Peña Nieto, ignorante y mediocre, cuyo mayor logro fue la represión contra los habitantes de las comunidades alrededor del lago de Texoco, que no querían un aeropuerto en sus tierras, requirió un trabajo mayor de construcción de imagen por parte de los expertos de Televisa, que comenzó mucho antes de la campaña e incluyó hasta una glamurosa esposa e hijos nuevos. Los medios hablaban de Peña diariamente aunque la nota no tuviera importancia. Ya en la campaña el gasto fue avasallador, descarado; se calcula que rebasó al menos ¡20 veces! el tope permitido. Los gobernadores priístas compraron votos, repartieron despensas, con dinero del erario, pero no faltaron las contribuciones de empresas contratistas extranjeras y nacionales. Todo México lo constató, el INE no. Con todos estos actores (menos los ciudadanos) cumplió.

¿Promesas de campaña? Acabar con la corrupción y perseguir a los culpables de delitos del pasado, de Fox, quedó en nada, igual que todo su sexenio. El presidente del empleo, Calderón lo que hizo fue desatar una sangrienta guerra contra el narco que jamás había prometido, ni demandado la ciudadanía. Peña prometió y firmó ante notario poner una refinería dentro de la barda que Calderón construyó en Hidalgo y construir un aeropueto en Tizayuca (a un pasito de donde hoy está el Felipe Ángeles). Nada de eso se cumplió. Era lo normal.

Eso sí, todos ellos cumplieron con los objetivos esenciales planteados desde tiempos de Salinas, por organismos financieros internacionales: quitar subsidios, privatizar todo lo posible y legislar la desaparición de los sectores considerados antes como estratégicos, creando pactos que hicieron a un lado cualquier resto de ideología, orígenes o historia de los partidos políticos, muchas veces lubricados con maletas de dinero; dejar que todo se erosionara; hospitales, refinerías, plantas de energía, escuelas…

No fueron “cosas”, sino una corrupción creciente que llegó a niveles históricos, desastrosos para el país: se cuadruplicó la deuda, se instituyeron nuevos impuestos, se perdió la autosuficiencia en combustibles y granos y cayó sostenidamente el ingreso de las familias.

Y el 2018 ¿Quién fue el elector? ¿Cuáles las promesas?

El triunfo sin precedentes de López Obrador (30 millones de votos, la mayor cifra de la historia, y 11 millones más que el segundo lugar) se debió a la existencia de un movimiento social que seguía desde años atrás a AMLO, quien trabajó por décadas llegando a cada municipio del país, dialogando con la gente; un movimiento mucho mayor que el partido Morena y al cual se le unieron numerosas organizaciones sociales y millones de simpatizantes convencidos de que si se lograba una votación realmente masiva, no alcanzarían los recursos y técnicas del fraude a neutralizarla… Y así ocurrió.

Los compromisos de López Obrador estaban plasmados en cientos de discursos y dos decenas de libros. Buscaría combatir la corrupción, bajar los sueldos de los altos funcionarios, quitar los fueros e instituir la revocación de mandato, recuperar la soberanía en asuntos estratégicos como la energía y los alimentos. Planteaba una estrategia de combate al crimen organizado que atacara las causas de la violencia en lugar de hacerle la guerra a los cárteles; entre otras cosas mediante una grande y variada batería de programas sociales, pensiones, becas, empleo temporal con aprendizaje, decenas de pequeñas universidades en pueblos, que suman hoy decenas de miles de estudiantes, y el programa de reforestación más ambicioso de la historia. Deshacer el estado mayor presidencial, entregarle la residencia de Los Pinos a la gente, detener la construcción del aeropuerto en Texcoco y… Cero represión por parte de las instituciones del gobierno federal. Compromisos hechos ante y para la mayoría del pueblo, a quienes les debe su triunfo.

Hasta ahora en la mayor parte de estos compromisos ha habido cumplimiento o avances significativos, en alguos casos más lentos de lo que se desearía, como ocurre con la violencia. El gobierno, como se nos debe a nosotros, nos informa, como ningún otro en el mundo, diaria y puntualmente de lo que está haciendo y, si algo quedara pendiente, los periodistas lo preguntan en las conferencias matutinas, y se les responde allí mismo o unos días después, trayendo al secretario o director correspondiente para que informe.

Sí, siempre hay “cosas”, pero antes esas cosas eran terribles, como las muertes de bebés que ocasionó el incendio de la guardería ABC por instalaciones inapropiadas, fruto del nepotismo y la avaricia; desapariciones, ejecuciones como la de los estudiantes del Tec de Monterrey, complicidad (como mínimo) en el caso Ayotzinapa; dádivas o robo de miles de millones de pesos para financiar elecciones o mansiones; otorgamiento de concesiones mineras a privados en más de la mitad de la superficie del país, y muchas cosas más. La frase que define a los tres gobiernos anteriores al actual (y a otros más atrás) la dijo Peña Nieto: “La corrupción es cultural”. Para ellos, sus partidos y sus socios empresarios, medios de comunicación, cárteles y otros, claro que es cultural. Es su modus vivendi y lo ha sido toda su vida.

Hoy, las “cosas” son otras. Claro que hay desempeño disparejo. La organización sindical va lenta, la agricultura… No sabría cómo calificarla. Algunos secretarios y bastantes directores que no han entendido o no quieren entender de qué se trata la llamada 4T, otros que no resistieron la presión externa o el ritmo de trabajo; muchos excelentes, cuya excelencia y eficacia se podría medir por el número de amparos y demandas contra ellos y los programas que están ejecutando.

“No hacen nada”, dice la oposición, cuando hay decenas de cambios positivos, programas interesantísimos, como no los había habido en décadas; quizá nunca. Basta ver lo que la oposición, ahora coaligada y sin propuestas dice, para encontrar fácilmente lo contrario de lo que reclaman. Pongo algunos ejemplos:

“La economía pésima”, dicen, cuando existen indicadores y reconocimiento de organismos internacionales sobre el buen manejo de la economía, la inflación, el incremento de las reservas, la apreciación del peso frente al dólar; aun el bajo incremento del PIB es mucho mejor que el de la mayoría de los países.

“El manejo de la pandemia, un desastre”, hasta genocidio le han llamado. Todo lo contrario:  México ha sido reconocido por la OMS y la OPS por un manejo científico, sin aislamiento forzoso, y una respuesta muy positiva de la población. Los objetivos se cumplieron: una de las mayores reconversiones hospitalarias, mientras la curva de contagios se mantuvo claramente aplanada. Se logró un suministro de vacunas suficiente en tiempos adecuados. A nivel internacional somos el lugar número 20 en contagios totales (como el 60 en contagios por población) y el 31 en decesos por número de habitantes. Aún no ha terminado la crisis de salud, pero ya es claro que el mexicano ha sido un desempeño destacado en su manejo, que ha salvado muchísimas vidas.

“El dictador se quiere perpetuar en el poder”. Entre las idioteces que se han inventado para desprestigiar la 4T, esta es una de las más ridículas. ¿Cómo puede ser que quien propuso quitarle el fuero a los presidentes; y que pudieran ser removidos a medio sexenio quiera prolongarse en el poder?

“El ecocidio”. El Tren Maya, por fin, me parece uno de los proyectos de infraestructura más beneficiosos, económicos y menos dañinos al clima y al medio ambiente que se hayan planteado: el tren pasará por derechos de vía ya existentes; es decir desmontes previos, de la vía férrea abandonada, autopistas y líneas de alta tensión, inclusive en el pequeño tramo que atraviesa la reserva de la biósfera de Calakmul. Un ferrocarril garantiza que habrá significativamente menos emisiones de CO2 al sustituir a transportes y tráilers. Prácticamente sólo el último cambio en su trazo (tramo 5) afectará acahuales, bosques tropicales alterados y quizá algunos primarios, según se alcanza a ver en las fotografías aéreas y las imágenes de satélite: 300 hectáreas, según dijo el presidente.

¿Eso es acabar con el medio ambiente en la península y destruir el sistema de cavernas subterráneas más grande del mundo? Por supuesto que no.

El sistema de cavernas y ríos subterráneos, que abarca la mayor parte de la península de Yucatán, ha sido destruido desde hace siglos, y ha seguido hasta hoy: los centenares de granjas industriales de cerdos, las ciudades (unas y otras tirando a los cenotes sus aguas negras), la enorme superficie de cultivos de soya transgénica (con su pléyade de agroquímicos), de plantaciones de palma de aceite (entre ambas, probablemente medio millón de hectáreas)… E incluso los pesadísimos templos de Chichén Itza, Uxmal… descansan desde hace muchos siglos sobre cenotes y cavernas con ríos subterráneos. Un tren, si se ubica y construye bien, no tiene por qué provocar daño.

¿Cuánto es ese medio millón de hectáreas de plantaciones transgénicas? Una superficie como el estado de Aguascalientes.

¿Y cuánto son 300 hectáreas? Lo que crece la ciudad de Querétaro en 2 meses. Es la cuarta parte de lo que mide el fraccionamiento Zibatá, que creció a base de desmontar 800 hectáreas de bosque tropical seco, bastante afín al de Quintana Roo… O un poco menos de las 350 que se destruyeron en la Sierra de El Doctor para construir el Acueducto II (cuando la manifestación de Impacto ambiental -MIA- consideraba que sólo se afectarían 70 ha), sin seguimiento técnico, consecuencias legales ni protesta alguna.

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